Carles Ibáñez, director del Centro en Resiliencia Climática: “Todavía estamos a tiempo de reducir los impactos más graves del cambio climático, pero el margen de actuación se está acortando”

24.7.2026 - | Eurecat

Los efectos del cambio climático son cada vez más perceptibles en lugares como el Mediterráneo, con fenómenos meteorológicos extremos y récords de temperaturas, un contexto que evidencia que la emergencia climática entra en fase de aceleración. Así lo apunta en esta entrevista el director del Centro en Resiliencia Climática, coordinado por Eurecat, Carles Ibáñez, para quién esto implica “acelerar la transición energética, desplegar nuevas tecnologías, incorporar más y mejor la ciencia en la toma de decisiones y entender que la inversión en adaptación es una inversión para evitar costes mucho más elevados en el futuro”.

Este mes de julio se han producido tres olas de calor consecutivas, con temperaturas récord, como los 40,9 °C registrados por primera vez en Barcelona. ¿Qué nos indican estos datos?

Europa es uno de los continentes que se está calentando más rápidamente y en el Mediterráneo los efectos del cambio climático se manifiestan con mucha intensidad. El incremento sostenido de la temperatura, y en consecuencia de la temperatura del mar, es una tendencia muy clara que afecta a los ecosistemas marinos, modifica los patrones meteorológicos e incrementa la probabilidad de fenómenos extremos. Es un indicador muy evidente que la emergencia climática no es un escenario de futuro, sino una realidad actual que entra en fase de aceleración.

Cada vez hablamos más a menudo de récords de temperatura. ¿Nos estamos acostumbrando a estas cifras?

Normalizar estas cifras es uno de los riesgos que pueden frenar la acción climática, pero el que estamos observando es que algunos escenarios que los modelos climáticos situaban para las próximas décadas ya los estamos viviendo actualmente. Esto nos tendría que hacer entender la magnitud del reto y la necesidad de actuar con más rapidez, pues nuestra capacidad de adaptación tiene un límite.

¿Qué consecuencias tienen las altas temperaturas?

El estrés térmico no solo provoca muertes directas. También agrava enfermedades, dificulta el descanso, reduce la capacidad de concentración y afecta al rendimiento laboral y educativo. Las temperaturas extremas tienen, por lo tanto, un impacto sobre la salud humana, los ecosistemas y también sobre la actividad económica.

Este calentamiento puede favorecer fenómenos como los “medicanes” (huracanes Mediterráneos). ¿Tenemos que empezar a verlos como un riesgo creciente?

Sí. Todavía continuarán siendo fenómenos poco frecuentes, pero las condiciones para que se formen son cada vez más favorables. Un Mediterráneo más cálido aporta más energía a la atmósfera y esto incrementa el potencial que se desarrollen tormentas muy intensas, con características similares a las de los ciclones tropicales. Es una tendencia que hay que seguir muy de cerca.

¿Esta situación obliga a cambiar la manera como nos adaptamos al clima?

Sin duda. La adaptación ya no es una opción, sino una necesidad. Tenemos que transformar las ciudades, proteger las personas más vulnerables, adaptar las infraestructuras y planificar el territorio teniendo en cuenta los riesgos climáticos.

Cuando se habla de resiliencia climática, ¿de qué estamos hablando exactamente?

Hablamos de la capacidad de la sociedad y de los ecosistemas para adaptarse ante los impactos del cambio climático de forma transformadora y a la vez abordar las causas, para salir reforzados de esta crisis. Esto implica acelerar la transición energética, desplegar nuevas tecnologías, incorporar más y mejor la ciencia en la toma de decisiones y entender que la inversión en adaptación es una inversión para evitar costes mucho más elevados en el futuro.

¿Qué papel tiene el Centro en Resiliencia Climática?

Nuestro objetivo es aportar conocimiento científico y soluciones técnicas para que administraciones, empresas y territorios puedan anticiparse y adaptarse a los impactos del cambio climático, así como alinear las estrategias con las agendas climáticas internacionales. Y lo lideramos desde la sede de Eurecat en Amposta, en el Delta del Ebro, un lugar muy amenazado por los efectos del cambio climático, pero que a la vez tiene una alta capacidad de adaptación y resiliencia social y ecológica.

¿Qué iniciativas se están llevando a cabo actualmente para hacerlo posible?

Impulsamos proyectos de I+D+i ligados al territorio, y trabajamos con los diversos agentes mediante el codiseño de soluciones en los Living Labs y su aplicación en fincas experimentales para validar soluciones en ámbitos como la bioeconomía, la agricultura regenerativa, la restauración de ecosistemas y la adaptación de los espacios costeros.

En esta línea destacan iniciativas como el proyecto Bioresilmed, liderado por Eurecat, que ha fomentado la bioeconomía y la resiliencia climática en paisajes mediterráneos de costa y de interior. También hemos elaborado una propuesta de Plan para el Fomento de la Bioeconomía en el Delta del Ebro, desarrollada a través del Living Lab Ebro Bioterritorio con agentes de la zona, para orientar la transformación del territorio hacia un modelo más regenerativo, resiliente y sostenible.

La subida del nivel del mar y el retroceso del litoral es uno de los desafíos más críticos. ¿Qué innovación se está haciendo en este ámbito?

Uno de los proyectos en que hemos trabajado en este ámbito es REST-COAST, que impulsa la restauración y la protección de zonas costeras vulnerables de Europa. En el marco del proyecto se han analizado y desarrollado soluciones basadas en la naturaleza, como la restauración de hábitats, la recuperación de la conectividad entre el río, el delta, la costa y el mar, y la aportación de sedimentos mediante estrategias como el bypass sedimentario.

¿Si tuvieras que resumir en una idea el momento que vivimos, cuál sería?

Que todavía estamos a tiempo de reducir los impactos más graves, pero el margen de actuación se está acortando. Tenemos que acelerar tanto la reducción de emisiones como las medidas de adaptación. Cada año que retrasamos las decisiones hace aumentar los riesgos, los costes y la dificultad de proteger a las personas y a los territorios.


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